Dos maneras distintas de mirar el mundo: desde la paleta al objetivo

En las salas de Fundación MAPFRE en el Paseo de Recoletos, dos miradas se enfrentan y se dialogan hasta el 17 de mayo de 2026 bajo un mismo lema, la institución madrileña presenta de forma simultánea dos exposiciones aparentemente dispares: la pintura del sueco Anders Zorn
y la fotografía urbana de Helen Levitt
, un contraste que, sin embargo, define con claridad dos formas de entender —y de revelar— el mundo.
El virtuoso y cosmopolita Anders Zorn
La muestra “Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra” despliega la extensa trayectoria del pintor (1860-1920), considerado uno de los artistas suecos más influyentes de finales del siglo XIX y principios del XX. Su obra, expuesta de forma casi monográfica, traza el camino desde sus primeras acuarelas hasta los retratos que le valieron fama internacional. Zorn, maître de la técnica incisiva y del naturalismo sutil, combina escenas de la vida cotidiana con encargos de la alta sociedad, pasando por sus evocaciones de la luz y el paisaje nórdicos. En Madrid, además, se exhiben obras realizadas tras varios viajes por España —como Sevilla, Cádiz o Granada— que testimonian una sensibilidad impresionista y un diálogo implícito con la tradición luminista que también encarnaron artistas como Sorolla o Casas.
Lo más destacable de Zorn, en esta presentación, no es solo la calidad técnica —pinceladas que parecen trazadas sin esfuerzo sobre la superficie del lienzo— sino su capacidad para armonizar lo anecdótico y lo universal. Sus retratos, en particular, desafían la simple representación: capturan la presencia y la psicología del sujeto con una precisión casi fotográfica, sin renunciar al misterio propio de la pintura. Esta exposición logra reconstruir la complejidad de un artista a menudo injustamente encasillado como hábil retratista, resaltando su ambición estética y su mirada cosmopolita.
Helen Levitt: la vida en la calle como poema visual
Si Zorn ofrece el mundo a través del color y la materia, la retrospectiva dedicada a Helen Levitt (1913-2009) lo hace desde el blanco y negro del pavimento urbano. Pionera de la fotografía de calle, Levitt encontró en los barrios humildes de Nueva York la fuente de una narrativa visual que oscila entre la mirada documental y la poesía cotidiana. La selección de casi doscientos negativos —la primera exposición que explora de forma tan completa su obra y archivos recientemente accesibles— recorre más de seis décadas de vida y obra, desde los juegos infantiles y las escenas espontáneas de la Gran Manzana hasta la complejidad emocional que late en cada gesto humano.
La crítica suele situar a Levitt en el panteón moderno de la fotografía junto a figuras como Cartier-Bresson o Evans, pero su sensibilidad es, en muchos sentidos, radicalmente distinta. Su cámara no solo observa: espera, compone y descubre. En sus imágenes, la ciudad es un escenario múltiple y cambiante donde lo banal se transforma en símbolo, y lo anónimo en protagonista. Su uso del encuadre y de la luz natural, así como la empatía con sus sujetos, evidencia una capacidad poco común para traducir lo efímero en permanente.
Diálogo que trasciende disciplinas
La convivencia expositiva de Zorn y Levitt no es casual. Más allá de las diferencias técnicas y temporales, ambas miradas comparten un interés profundo por la condición humana: la pintura del primero explora la forma y la presencia, la fotografía de la segunda capta el instante y la emoción. Juntas, proponen dos maneras distintas de mirar el mundo, y lo hacen con una coherencia inesperada. Zorn, con su pincel casi fotográfico, y Levitt, con un ojo más pictórico de lo que suele reconocerse, reinterpretan la realidad desde la proximidad con sus sujetos y la confianza en su propio lenguaje.
Visitar estas exposiciones en tándem —ambas con entrada única e incluida audioguía— es sumergirse en un ejercicio de contraste y empatía visual que invita al espectador a reconsiderar lo que ve y, sobre todo, cómo lo ve.

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